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Palabras del Santo Padre durante la celebración de las primeras Vísperas del I Domingo de Adviento, celebradas en la Basílica Vaticana.

Además del nuevo báculo usado por el Papa, en esta celebración fueron utilizados los nuevos paramentos pontificios violáceos con las insignias papales realizados por Ars Regia. Se trata de una capa pluvial y dos dalmáticas confeccionadas en damasco de seda que reproduce los motivos de los paramentos pertenecientes a San Carlos Borromeo conservados en el Museo Liberiano. La pluvial está adornada con las insignias papales de Benedicto XVI bordadas en hilo de oro.

  

Introito del 1er Domingo de Adviento

La fiesta de Navidad, al igual que la Pascua, tiene, además de vigilia y octava un largo período de preparación, el cual no pudo, naturalmente, ser anterior a la misma fiesta; antes bien, pasó largo tiempo hasta que se organizara; y como la fiesta de Navidad no se celebró separadamente hasta mediados del siglo IV, no es de extrañar que la primera mención oficial cierta del Adviento, se halle a finales del siglo VI.

La colección de Homilías de San Gregorio Magno, comienza con un sermón para el segundo domingo de Adviento, y el Gelasianum contiene cinco misas para el Adviento, que se hallan al final del libro II; si bien, al igual que las dieciséis misas para los domingos después de Pentecostés, no se hallan dispuestas en los lugares que propiamente les pertenecen.. Conforme al rito antiguo, comprendía el Adviento cinco semanas, que, hasta Gregorio VII, no fueron reducidas a cuatro.

 

Pero ya antes se celebraba una preparación para la Navidad, que consistía, al igual que para la Pascua, en ayunos, los cuales comenzaban la fiesta de San Martín (11 de noviembre) y duraban hasta Navidad, ayunándose los lunes, miércoles y sábados, como en la Cuaresma.  De esta manera se preparaban los fieles en la Galia, en el siglo V, desde el Obispo Perpetuo de Tours, a celebrar el advenimiento del Salvador, como puede verse por las noticias históricas de aquel tiempo. En Roma no se usaba este ayuno; pero el Adviento se iba formando como parte integrante del Año Litúrgico, y se articulaba con él en la Edad Media. Su liturgia se asimiló, lo más posible a la de Cuaresma, omitiéndose también el Gloria.

 

La Iglesia griega, aunque no recibió la preparación litúrgica para la fiesta de Navidad, observaba, no obstante, desde el siglo VIII, el ayuno, que duraba desde San Felipe (14 de noviembre) hasta el 25 de diciembre; por consiguiente, seis semanas. La misma duración tenía el tiempo de Adviento en la iglesia mozárabe y en la de Milán, y los coptos observan un ayuno de Adviento que empieza el 15 de noviembre.

 

Luego que el Adviento se incluyó en Roma en el año litúrgico, se fue extendiendo a todo Occidente. En la antigua liturgia española había cinco dominicas de Adviento, como se ve en el Leccionario de Silos (hacia 650). Mucho más tiempo tardó en admitirse en el Reino de los Francos, aunque el Obispo Perpetuo había puesto allí sus fundamentos; pues los libros rituales del siglo VII, el Leccionario de Luxeuil y el llamado Missale Góthico-Gallicanum, publicado por Mabillón, comienza con la Vigilia Natalis Domini, sin Adviento. En la misma Roma debía aparecer esta institución  en el siglo VI, pues las colecciones de sermones de San Agustín y León I no presentan todavía vestigios de ella.

 

 Más antiguo que el tiempo de Adviento es, pues, el ayuno de él, y mucho tiempo antes que la Liturgia hubiera dado al Adviento su carácter e incluido como parte del Año eclesiástico,  habían ya comenzado los fieles a prepararse con ayunos a la venida del Salvador, empezándolos por San Martín (11 de noviembre) y alargándolos, por consiguiente, cuarenta y dos días, al igual que la duración de la Cuaresma, que precede a la Pascua. El Sínodo de Macon (581) dispuso en la Galia que se observase este ayuno los miércoles, viernes y sábados, desde San Martín hasta Navidad, y que el rito de la misa fuera semejante al usado en Cuaresma. En la provincia eclesiástica de Tours sólo  obligaba el precepto del ayuno a los monjes, los cuales debían ayunar el mes de diciembre todos los días hasta Navidad.

 

Por lo que toca a la duración del Adviento, todavía en el siglo X se elevaron algunas voces a favor de las cinco semanas, alegando principalmente que, en otro caso, si la fiesta de Navidad caía en lunes, quedaba el Adviento reducido a solas tres semanas. Amalario y Abbón de Fleury son testigos de que existía en el tiempo posterior una doble práctica; sin embargo, la duración de cuatro semanas se había admitido ya en Francia en el  siglo VIII, allí donde la Liturgia romana ejercía su influjo. Posteriormente salió de un modo particular a su defensa Bernón de Reichenau, autor del Micrólogo.

 

El Adviento es la preparación para recibir al Señor. La venida del Señor es de tres maneras: su venida en carne; su venida a nuestros corazones, y su venida para juzgar, con poder y majestad. En Adviento solemnizamos la expectación del primer advenimiento de Cristo; pero la Liturgia se halla también empapada de las ideas de su segundo y tercer advenimiento.

 

Las notas fundamentales de la Liturgia del Adviento son:

 

Penitencia. Como nos lo muestran el color violado de los ornamentos, la lectura, en el Evangelio, de la historia de San Juan Bautista, el cierre de las velaciones y los ayunos. Pero no se halla la tristeza de la penitencia propia de la Cuaresma, y así se canta el Aleluya.

 

Recogimiento. Las oraciones, lecciones y toda la solemnidad del culto, nos invitan al recogimiento; y en nuestros países, la misma naturaleza contribuye a darle este carácter.

 

Anhelo por el Salvador. Las semana de Adviento representan los millares de años antes de Cristo (no necesariamente cuatro). Las lecciones de Isaías, las oraciones, los Evangelios de las dominicas, las antífonas de los oficios de tempore, y principalmente las Antífonas O (Antífonas mayores), desde el 17 de diciembre, ofrecen este carácter, y expresan un poderosos y vehemente anhelo de Cristo. El Adviento es, por tanto, la época de la virtud de la esperanza.

 

En la Liturgia romana se desenvuelve el Adviento en cuatro semanas, no siempre completas, en las cuales podemos distinguir:

 

Una preparación remota, desde el primer domingo hasta el tercero. El invitatorio nos dice: Regem venturum Dominum, venite adoremus!

 

Una preparación cercana, desde el tercer domingo de Adviento. El invitatorio nos amonesta: Prope est jam Dominus: venite adoremus! y ya profieren los gozos de la Natividad: Gaudete in Domino; iterum dico gaudete: Dominus enim prope est!

 

Una preparación próxima, desde el 17 de diciembre. Estos días se señalan por las hermosas Antífonas O; forman un novenario lleno de solemnes anhelos por el Mesías, y tienen una mayor solemnidad litúrgica.

 

Una preparación inmediata, que es la solemne Vigilia.

 

 

Meyenberg. La predicación litúrgica

 

 

Querido…:

Esta Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos desea acusar recibo de de carta fechada 22 de Junio de 2009 concerniente al derecho de los fieles de recibir la Sagrada Comunión en la lengua

Este Dicasterio observa que su instrucción Redemptionis Sacramentum (25 de Marzo de 2004) claramente estipúla que “todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca” (n. 92), ni es lícito negar la Sagrada Comunión a cualquier fiel Cristiano que no esté impedido por la ley de recibir la Santa Eucaristía (cf. n. 91)

La Congregación le agradece por llamar a su atención esta importante materia. Esté seguro que los contactos apropiados se han hecho.

Persevere en fe y amor por Nuestro Señor y su Santa Iglesia, y en continua devoción al Santísimo Sacramento.

Con los mejores deseos y respetos, quedamos,

Sinceramente en Cristo,
P. Anthony Ward, S.M.
Subsecretario

 

 

Además es necesario recordar lo que dice al respecto la INSTRUCCIÓN REDEMPTIONIS SACRAMENTUM:

[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos».[177] Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohiba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

 

Una Voce Córdoba (Argentina) publicó el pasado octubre un post tratando este mismo tema. (ver post)

En Italia el 63% de los católicos practicantes asistiría regularmente (al menos una vez al mes) a la forma extraordinaria de la misa, si tuviera la posibilidad material de hacerlo. Éste es el interesante resultado del sondeo efectuado por el instituto Doxa para la Asociación Paix Liturgique y el sitio internet “Messa in latino”.

Esta encuesta sobre la recepción del Motu Proprio Summorum Pontificum en Italia ha sido realizada a fines de septiembre sobre una muestra de 1001 personas mayores de 15 años (que es la muestra standard que se toma para un sondeo representativo a nivel nacional). Precisamos que Doxa es uno de los más importantes institutos de encuestas del país, reconocido por el rigor científico de su trabajo.

En exclusiva publicamos hoy los principales resultados de este sondeo y nuestros comentarios.

I – LOS RESULTADOS

:: A la pregunta: “En julio de 2007 el Papa Benedicto XVI ha confirmado que la misa puede ser celebrada tanto en la forma moderna llamada “ordinaria” o “de Pablo VI” –es decir, en lengua italiana, el sacerdote está dirigido hacia los fieles y la comunión se recibe de pie- como bajo su forma tradicional llamada “extraordinaria” o “de Juan XXIII” –es decir, en latín y gregoriano, con el sacerdote dirigido hacia el altar. Usted personalmente, ¿ha escuchado hablar de esto? el 64% de los practicantes –católicos que declaraban ir al menos una vez al mes a misa- respondía “Sí”, contra un 36% que no sabía nada al respecto.

En cambio, si se considera el conjunto de los católicos, practicantes y no practicantes, sólo el 58% tenía conocimiento.

En Francia, según el sondeo efectuado por el instituto CSA el 24 y 25 de septiembre de 2008 a pedido de Paix Liturgique (sondeo CSA 08 01 153 08 01 153 B) el 82% de los católicos practicantes tenía conocimiento de esto (contra el 58% del conjunto de los católicos).

Nota bene:
En el país del Papa sólo el 64% de los católicos practicantes conoce las disposiciones del Motu Proprio Summorum Pontificum promulgado hace dos años sobre el uso de la forma extraordinaria del rito romano. Esta cifra es la triste consecuencia del silencio que algunos obispos y miembros del clero oponen a la política de reconciliación en el seno de la Iglesia llevada adelante por el Santo Padre.

Este resultado subraya además la legitimidad y la necesidad de un trabajo de información desarrollado por los laicos para promover la obra del Soberano Pontífice. Así en Francia, donde de todos modos el episcopado no está mejor dispuesto que en Italia hacia la forma extraordinaria del rito romano, el 82% de los practicantes regulares (sondeo CSA citado precedentemente) está al corriente del Motu Proprio gracias a las iniciativas de asociaciones como Paix Liturgique y otras.

:: A la segunda pregunta: “¿Le parece normal o no que ambas formas litúrgicas (o sea la moderna llamada “ordinaria”, en italiano, y la tradicional llamada “extraordinaria”, en latín y gregoriano) puedan ser celebradas en su parroquia?”, el 71% de los practicantes e igualmente del conjunto de católicos es favorable a la coexistencia de las dos formas litúrgicas en la propia iglesia.

En Francia, siempre según el sondeo CSA efectuado en el 2008, el 61% de los católicos practicantes y el 62% del conjunto de los católicos se declara favorable a esta situación de mutuo reconocimiento.

Nota bene:
Como ocurre en Francia, la convivencia pacífica de las dos formas del rito romano en las parroquias parecería perfectamente natural a los católicos italianos. Podríamos incluso añadir que una cifra ya más bien positiva (71%) podría también crecer si los fieles fueran mayormente informados por el clero. En efecto, si un tercio de los fieles italianos ignora el contenido del Motu Proprio les es difícil saber que la coexistencia de las dos formas del rito es legítima.

:: A la pregunta: “Si la misa llamada “extraordinaria”, en latín y gregoriano, fuera celebrada en su parroquia, ¿Usted iría? Si sí, ¿con qué frecuencia?”, el 63% de los practicantes italianos declara que lo haría al menos una vez al mes (el 33% para el conjunto de los católicos). Una cifra que se subdivide así: el 40% iría todas las semanas y el 23% al menos una vez al mes.

Nota bene:
En sí el número de los católicos italianos ligados a la forma extraordinaria del rito romano –y esto, no obstante la casi ausencia, en la práctica, de esta forma de celebración en las parroquias- es ya una agradable sorpresa: un tercio. Pero si se consideran los practicantes, este resultado es simplemente excepcional: el 63%. ¡Cerca del doble que en Francia! En Italia, donde es todavía casi imprescindible el sentimiento de pertenencia a la parroquia, y donde las ceremonias religiosas siempre son muy concurridas, se podría pensar que los católicos estén plenamente satisfechos de la misa de Pablo VI, y no obstante esto este resultado indica que la misa del papa Juan sería apreciada en una proporción incluso insospechable.

En efecto, esta respuesta revela el malestar en que se encuentra la mayoría de los fieles respecto de los cambios postconciliares. Acostumbrados a seguir con confianza a sus pastores, los italianos han vivido dócilmente la evolución de la Iglesia, que, es oportuno recordar, se ha manifestado allí de un modo menos violento que en otros países europeos. Y sin embargo hoy los italianos están incontestablemente deseosos de poder aprovechar las posibilidades ofrecidas por la reforma iniciada por Benedicto XVI.

En fin, considerando que el apego a la liturgia antigua es juzgado frecuentemente como una simple reacción a los abusos de los decenios pasados, el hecho de que más de dos practicantes italianos sobre tres consideren la forma extraordinaria como absolutamente “normal” demuestra que una celebración “digna” de la forma ordinaria, como por otra parte ocurre prevalentemente en Italia, no vuelve obsoleto para nada el pedido de la forma extraordinaria, sino, al contrario, la consolida.

II – COMENTARIOS DE PAIX LITURGIQUE

1. El sondeo desarrollado por Doxa para Paix Liturgique y messainlatino.it es el primer estudio científico realizado sobre esta materia en Italia. Constituye una prueba suplementaria del hecho de que la cuestión de la liturgia tradicional no es un problema circunscrito a este o a aquel país.

La investigación recuerda igualmente con fuerza que los fieles ligados a la forma extraordinaria del rito romano son extremadamente numerosos y no pueden ser reducidos de manera simplista a los que pertenecen a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que, dicho sea de paso, está poco radicada en Italia donde no cuenta con más que tres prioratos. Esta precisión es importante porque algunos obispos constantemente intentan reducir el debate litúrgico a la FSSPX que, en realidad, sólo reagrupa una minoría –si bien visible y dinámica- de todos los fieles ligados a la forma extraordinaria del rito.

Hay aquí, por lo tanto, una ulterior demostración de lo correcto de la visión del Santo Padre que ha comprendido que muchísimos de los fieles de base, que permanecen en sus parroquias por razones diferentes o que han hecho la elección de dejar la práctica religiosa, han permanecido ligados a la expresión de la fe de sus padres y no piden otra cosa que poder manifestarla de nuevo.

Lamentablemente, esta realidad, puesta a la luz por los sondeos tanto en Francia como en Italia, permanece sin embargo a voluntariamente ignorada por numerosos obispos que continúan bloqueando la difusión de la forma extraordinaria del rito romano.

2. De todos modos no nos hagamos ilusiones y tengamos en cuenta que este sondeo italiano, no obstante haber sido realizado por un instituto profesional y reconocido, dejará impasibles a aquellos que se oponen al Papa y a su política de pacificación y de unidad. Es bien sabido que para todos los enemigos de la reconciliación en la Iglesia “los fieles ligados a la liturgia tradicional no existen” y “no hay ningún problema litúrgico”. Sin embargo los resultados de este sondeo (en Italia como en Francia) corresponden perfectamente a la tendencia revelada por uno de los indicadores más sensibles y más importantes para la vida y para la supervivencia misma de la Iglesia: el vivo interés por la forma extraordinaria del rito romano entre los jóvenes llamados a la vocación sacerdotal. Así en Francia, como está referido por la edición francesa de nuestra carta, un cuarto de las nuevas vocaciones sacerdotales del 2009 está orientado a la forma extraordinaria (carta 199, 12 de octubre de 2009).

3. Los resultados de este sondeo, tan cercanos a los del sondeo francés (sondeo CSA, Lettre PL145) y al estudio realizado en los Estados Unidos (estudio CARA para la Universidad de Georgetown, Lettre PL196), reafirman que el interés por la forma extraordinaria no es una cuestión marginal para los católicos, y tampoco una cuestión “nacional” o “política”, sino, al contrario, un pedido universal.

Los teólogos contemporáneos que dan mucha importancia al sentido de la fe de los laicos, deberían reflexionar profundamente sobre esto.

En fin, estos resultados nos animan a proseguir nuestras investigaciones en los grandes países de tradición católica, especialmente de cultura hispánica. Y por esto es que lanzamos esta edición es español de nuestra carta.

www.paixliturgique.es

 

Catequesis del Santo Padre de la Audiencia General celebrada  hoy miércoles en el Aula Pablo VI:

 

Queridos hermanos y hermanas,

en estas Audiencias del miércoles estoy presentando algunas figuras ejemplares de creyentes que se han empeñado en mostrar la concordia entre la religión y la fe y a testimoniar con su vida el anuncio del Evangelio. Hoy quiero hablaros de Hugo y Ricardo de San Víctor. Ambos están entre esos notables filósofos y teólogos conocidos con el nombre de Victorinos, porque vivieron en la abadía de San Víctor, en París, fundada a principios del siglo XII por Guillermo de Champeaux. El mismo Guillermo fue un maestro renombrado, que consiguió dar a su abadía una sólida identidad cultural. En San Víctor, de hecho, se inauguró una escuela para la formación de los monjes, abierta también a estudiantes externos, donde se realizó una síntesis feliz entre las dos formas de hacer teología, del que ya he hablado en catequesis anteriores: es decir, la teología monástica, orientada mayormente a la contemplación de los misterios de la fe en la Escritura, y de la teología escolástica, que utilizaba la razón para intentar escrutar estos misterios con métodos innovadores, de crear un sistema teológico.

De la vida de Hugo de San Víctor tenemos pocas noticias. Son inciertas la fecha y el lugar de su nacimiento: quizás en Sajonia o en Flandes. Se sabe que llegado a París – la capital europea de la cultura de la época –, transcurrió el resto de sus años en la abadía de San Víctor, donde fue primero discípulo y después maestro. Ya antes de su muerte, sucedida en 1141, alcanzó una gran notoriedad y estima, hasta el punto de ser llamado un “segundo san Agustín”: como Agustín, de hecho, meditó mucho sobre la relación entre fe y razón, entre ciencias profanas y teología. Según Hugo de San Víctor, todas las ciencias, además de ser útiles para la comprensión de las Escrituras, tienen un valor en sí mismas y deben ser cultivadas para engrandecer el saber del hombre, como también para corresponder a su anhelo de conocer la verdad. Esta sana curiosidad intelectual le indujo a recomendar a los estudiantes que no ahogaran nunca el deseo de aprender y en su tratado de metodología del saber y de pedagogía, titulado significativamente Didascalicon (sobre la enseñanza), recomendaba: “Aprende gustoso de todos lo que no sabes. Será el más sabio de todos quien haya querido aprender algo de todos. Quien recibe algo de todos, acaba por convertirse en el más rico de todos” (Eruditiones Didascalicae, 3,14: PL 176,774).

La ciencia de la que se ocupan los filósofos y los teólogos de los Victorinos es de forma particular la teología, que requiere ante todo el estudio amoroso de la Sagrada Escritura. Para conocer a Dios, de hecho, no se puede sino partir de lo que Dios mismo ha querido revelar de sí mismo a través de las Escrituras. En este sentido, Hugo de San Víctor es un típico representante de la teología monástica, totalmente fundada sobre la exégesis bíblica. Para interpretar la Escritura, propone la tradicional articulación patrístico-medieval, es decir el sentido histórico-literal, ante todo, después el alegórico y analógico, y finalmente el moral. Se trata de cuatro dimensiones del sentido de la Escritura, que también hoy se redescubren de nuevo, porque se ve que en el texto y en la narración ofrecida se esconde una indicación más profunda: el hilo de la fe, que nos conduce hacia lo alto y nos guía sobre esta tierra, enseñándonos cómo vivir. Con todo, aun respetando estas cuatro dimensiones del sentido de la Escritura, de modo original respecto a sus contemporáneos, insiste – y esto es algo nuevo – en la importancia del sentido histórico-literal. En otras palabras, antes de descubrir el valor simbólico, las dimensiones más profundas del texto bíblico, es necesario conocer y profundizar el significado de la historia narrada en la Escritura: de lo contrario – advierte con un ejemplo eficaz – se corre el riesgo de ser como los estudiosos de gramática que ignoran el alfabeto. A quien conoce el sentido de la historia descrita en la Biblia, las circunstancias humanas parecen marcadas por la Providencia divina, según un designio bien ordenado. Así, para Hugo de San Víctor, la historia no es el resultado de un destino ciego o de un caso absurdo, como podría parecer. Al contrario, en la historia humana opera el Espíritu Santo, que suscita un maravilloso diálogo de los hombres con Dios, su amigo. Esta visión teológica de la historia pone en evidencia la intervención sorprendente y salvífica de Dios, que realmente entra y actúa en la historia, casi se hace parte de nuestra historia, pero siempre salvaguardando y respetando la libertad y la responsabilidad del hombre.

Para nuestro autor, el estudio de la Sagrada Escritura y de su significado histórico-literal hace posible la teología verdadera y auténtica, es decir, la ilustración sistemática de las verdades, conocer su estructura, la ilustración de los dogmas de la fe, que representa en sólida síntesis en el tratado De Sacramentis christianae fidei (Los sacramentos de la fe cristiana), donde se encuentra, entre otro, una definición de “sacramento” que, posteriormente perfeccionada por otros teólogos, contiene rasgos aún hoy muy interesantes. “El sacramento”, escribe, “es un elemento corpóreo o material propuesto de forma extraña y sensible, que representa con su parecido una gracia invisible y espiritual, la significa, porque con este fin ha sido instituido, y la contiene, porque es capaz de santificar” (9,2: PL 176,317). Por una parte la visibilidad en el símbolo, la “corporeidad” del don de Dios, en el que con todo, por otra parte, se esconde la gracia divina que proviene de una historia: Jesucristo mismo ha creado los símbolos fundamentales. Tres son por tanto los elementos que concurren en la definición de un sacramento, según Hugo de San Víctor: la institución por parte de Cristo, la comunicación de la gracia, y la analogía entre el elemento visible, el material y el elemento invisible, que son los dones divinos. Se trata de una visión muy cercana a la sensibilidad contemporánea, porque los sacramentos son presentados con un lenguaje entretejido de símbolos y de imágenes capaces de hablar inmediatamente al corazón de los hombres. Es importante también hoy que los animadores litúrgicos, y en particular los sacerdotes, valoren con sabiduría pastoral los signos propios de los ritos sacramentales – esta visibilidad y tangibilidad de la Gracia – cuidando atentamente su catequesis, para que cada celebración de los sacramentos sea vivida por todos los fieles con devoción, intensidad y alegría espiritual.

Un digno discípulo de Hugo de San Víctor es Ricardo, procedente de Escocia. Fue prior de la abadía de san Víctor entre 1162 y 1173, año de su muerte. También Ricardo, naturalmente, asigna un papel fundamental al estudio de la Biblia, pero a diferencia de su maestro, privilegia el sentido alegórico, el significado simbólico de la Escritura con el que, por ejemplo, interpreta la figura veterotestamentaria de Benjamín, hijo de Jacob, como símbolo de la contemplación y cumbre de la vida espiritual. Ricardo trata este argumento en dos textos, Benjamín menor y Benjamín mayor, en los que propone a los fieles un camino espiritual que invita ante todo a ejercitar las diversas virtudes, aprendiendo a disciplinar y a ordenar con la razón los sentimientos y los movimientos interiores afectivos y emotivos. Solo cuando el hombre ha alcanzado el equilibrio y la madurez humana en este campo, está preparado para acceder a la contemplación, que Ricardo define como “una mirada profunda y pura del alma dirigido a las maravillas de la sabiduría, asociada a un sentido extático de asombro y de admiración” (Benjamin Maior 1,4: PL 196,67).

La contemplación es por tanto el punto de llegada, el resultado de un arduo camino, que comporta el diálogo entre la fe y la razón, es decir – una vez más – un discurso teológico. La teología parte de las verdades que son objeto de la fe, pero intenta profundizar su conocimiento con el uso de la razón, apropiándose del don de la fe. Esta aplicación del razonamiento a la comprensión de la fe se practica de modo convincente en la obra maestra de Ricardo, uno de los grandes libros de la historia, el De Trinitate (La Trinidad). En los seis libros que lo componen reflexiona con agudeza sobre el Misterio de Dios uno y trino. Según nuestro autor, dado que Dios es amor, la única sustancia divina comporta comunicación, oblación y dilección entre dos Personas, el Padre y el Hijo, que se encuentran entre sí con un intercambio eterno de amor. Pero la perfección de la felicidad y de la bondad no admite exclusivismos y cerrazones; al contrario, reclama la eterna presencia de una tercera Persona, el Espíritu Santo. El amor trinitario es participativo, concorde, y comporta sobreabundancia de delicia, goce de alegría incesante. Es decir, Ricardo supone que Dios es amor, analiza la esencia del amor, qué es lo que está implicado en la realidad del amor, llegando así a la Trinidad de las Personas, que es realmente la expresión lógica del hecho que Dios es amor.

Ricardo con todo es consciente de que el amor, si bien nos revela la esencia de Dios, nos hace “comprender” el Misterio de la Trinidad, es sin embargo sólo una analogía para hablar de un Misterio que supera a la mente humana, y – poeta y místico como es – recurre también a otras imágenes. Compara por ejemplo la divinidad a un río, a una ola amorosa que brota del Padre, fluye y vuelve a fluir en el Hijo, para ser después felizmente difundida en el Espíritu Santo.

Queridos amigos, autores como Hugo y Ricardo de San Víctor elevan nuestra alma a la contemplación de las realidades divinas. Al mismo tiempo, la inmensa alegría que nos procuran el pensamiento, la admiración y la alabanza de la Santísima Trinidad, funda y sostiene el compromiso concreto de inspirarnos en ese modelo perfecto de comunión y de amor para construir nuestras relaciones humanas de cada día. ¡La Trinidad es verdaderamente comunión perfecta! ¡Cómo cambiaría el mundo si en las familias, en las parroquias y en toda otra comunidad las relaciones se vivieran siguiendo siempre el ejemplo de las tres Personas divinas, en donde cada una vive no solo con la otra, sino para la otra y en la otra! Lo recordaba hace algún mes en el Ángelus: “Sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y para ser amados”(L’Oss. Rom., 8-9 junio 2009, p. 1). Es el amor el que realiza este incesante milagro: como en la vida de la Santísima Trinidad, la pluralidad se recompone de unidad, donde todo es complacencia y alegría. Con san Agustín, tenido en gran honor por los Victorinos, podemos exclamar también nosotros: “Vides Trinitatem, si caritatem vides – contempla la Trinidad, si ves la caridad” (De Trinitate VIII, 8,12).

A los peregrinos de lengua española dijo:

Queridos hermanos y hermanas:

En estas últimas audiencias estoy presentando algunas figuras ejemplares, que han mostrado la íntima unión que existe entre fe y razón. Hoy me detengo en la vida de dos monjes, que ejercieron su magisterio en la Abadía de San Víctor, en París, que desde el siglo doce contaba con una importante escuela de teología monástica y teología escolástica.

En este contexto, nos encontramos con Hugo de San Víctor, del que sabemos muy poco sobre sus orígenes. En la citada abadía, primero fue alumno y luego maestro, alcanzando una notable fama, hasta el punto de ser llamado un “segundo San Agustín”, por su dedicación a las ciencias profanas y la teología. Inculcaba a sus discípulos un constante deseo por conocer toda verdad. Entre sus alumnos destaca el escocés Ricardo de San Víctor, que ejerció durante años como Prior de la mencionada Comunidad. En sus enseñanzas invitaba a los fieles a un continuo ejercicio de las virtudes para alcanzar una estable madurez humana, y poder acceder así a la contemplación y a la admiración de las maravillas de la sabiduría.

Queridos amigos, autores como Hugo y Ricardo de San Víctor nos mueven a la contemplación de las realidades celestes y a la admiración de la Santísima Trinidad como modelo perfecto de comunión. ¡Cuánto cambiaría el mundo si en las familias, en las parroquias y en cualquier comunidad, las relaciones tuvieran como modelo las tres Personas divinas, que no sólo viven con las otras, sino para las otras y en las otras!

Zenit.org

Santa Catalina, a quien los griegos llaman Aecatherina, glorificó a Dios con una ilustre confesión de la fe de Cristo en Alejandría en tiempo de Maximino II. Sus Actas están tan adulteradas que apenas puede hacerse uso de ellas. El Emperador Basilio, en su Menología Griega refiere con ellas, que esta santa, que era de sangre real, y excelente estudiante, confundió a una junta de hombres muy hábiles que el Emperador Maximino había mandado disputar con ella, y que convertidos por ella a la fe, fueron todos quemados en un mismo fuego por la confesión de su nueva creencia; y añade que Catalina fue por ultimo decapitada. Se dice también que antes había sido puesta en una máquina compuesta de cuatro ruedas, claveteadas con puntas de hierro, para que al dar movimiento a ellas fuesen despedazando el cuerpo de la mártir. Las Actas añaden que al ir a  mover las ruedas la vez primera se rompieron de pronto las cuerdas con que la santa estaba atada por ministerio de un ángel, y que haciéndose pedazos la máquina con la separación de las ruedas, fue liberada da aquella cruel muerte; de donde provino aquella común noción de la rueda de Santa Catalina.

El erudito Joseph Assemani piensa que cuantas noticias tenemos de los particulares relativos a esta santa, y en las que podernos confiar, son principalmente las que nos da Eusebio, aunque este historiador no la nombra. Su relación es del modo siguiente:  – en Alejandría había cierta mujer cristiana, la más rica y noble de todas las de aquella ciudad, que cuando algunas permitían ser mancilladas por el Tirano (Maximino) ella venció y resistió su ilimitada lujuria más que bestial. Esta dama era ilustre por su alto nacimiento, y de una  gran fortuna; y lo era también por su singular sabiduría; pero prefirió su virtud y su castidad a todas las ventajas del mundo. El Tirano después de haber en vano hecho varios asaltos a su virtud no quiso decapitarla viéndola tan dispuesta a morir; sino la despojó de todos sus estados y bienes y la envió al destierro. Maximino a poco de esto declaró la guerra a Licinio, y después de varios combates fue por último derrotado por este en el año de 313. Habiendo perdido el Imperio después de un reinado de cinco años, huyó a Tarso, y allí murió en suma miseria.

El cuerpo de Santa Catalina fue descubierto por los cristianos en Egipto hacia el siglo VIII, cuando gemían estos bajo el yugo sarraceno. Poco después fue trasladado a un monasterio que había en las cumbres del Sinaí, erigido por Santa Helena, y suntuosamente engrandecido y dotado por Justiniano, como testifican muchas inscripciones y molduras mosaicas que se hallan todavía en aquella parte. Falconio, Arzobispo de San Severino, habla de esta traslación del modo siguiente:

En cuanto a lo que se dice, que el cuerpo de esta santa fue llevado al monte Sinaí por ángeles, es la inteligencia, que fue conducido allí por los monjes de aquel lugar, para dotar ricamente su estancia con aquel tesoro, y enriquecerla devotamente. Es bien sabido que la palabra hábito angelical se usaba mucho en lugar de la de hábito monástico, y que los monjes por razón de la pureza de sus costumbres fueron antiguamente llamados ángeles de la tierra. Desde entonces es desde cuando hallamos frecuente mención de la festividad de Santa Catalina.

San Pablo de Larra guardaba su fiesta con una solemnidad y.devoción extraordinarias. Yendo a Rúan, en el siglo XI, Simeón, monje de Sinai, a recoger la limosna anual que Ricardo, Duque de Normandia daba a aquel santuario, llevó algunas reliquias de la santa, y las dejó allí. La parte principal del cuerpo de Catalina se conserva todavía en una urna de mármol en la iglesia de este monasterio en el monte Sinaí.

Por la erudición nada común de esta mártir, y extraordinario espíritu de piedad con que santificó su ciencia, y el uso que de ella hizo, fue elegida en las escuelas por patrona, y modelo de los filósofos cristianos.

Salutación de Mons. D. Renzo Frattini, Nuncio de Su Santidad en España y Andorra, a la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española:

 

Eminentísimo Señor Cardenal Presidente,
Eminentísimos Señores Cardenales,
Excelentísimos Señores Arzobispos
Y Obispos, Señoras y Señores:

 

Para mi es un honor y una alegría dar comienzo a la misión, que el Santo Padre me ha confiado al servicio de la Iglesia en España. La participación en esta nonagésima cuarta sesión inaugural de la Asamblea Plenaria de esta Conferencia Episcopal me brinda la feliz oportunidad de renovar, ahora de viva voz, mí ya ofrecida disponibilidad cordial a cada uno de ustedes.

Asimismo agradezco muy vivamente las expresiones de enhorabuena que me vienen manifestando en estos mis primeros días. Son prueba de fraterna y sentida acogida, y, sobre todo, signo de la comunión de este Episcopado con el Sucesor de Pedro. De parte de Su Santidad reciban un cariñoso saludo con su bendición para ustedes y los trabajos que tienen el propósito de desarrollar en estos días.

En este primer encuentro aprovecho para confiarles algunos deseos como Representante del Santo Padre y también algunas primeras impresiones de España.

Saben muy bien cómo los últimos pontífices no han dejado de insistir en la urgencia del anuncio de Nuestro Señor Jesucristo, y esto no solo en los países llamados “de misión” sino en toda sociedad humana. Cristo tiene que ser conocido y amado. Su evangelio, fuente de amor y de perenne humanización, está para impregnar y dar sentido a la vida y ser cauce de comunión entre todos los hombres radicados en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Mi profundo deseo de servir quiere contribuir a esta dimensión misionera que es constitutiva de la Iglesia. El papel del Nuncio, pues, no puede sino estar al servicio de tan primordial tarea aunque realizada de un modo especifico como marca el Derecho: mantener en primer lugar la unidad entre la Iglesia Universal y las Iglesias particulares y buscar, mediante un servicio de tipo pastoral, el bien común, con deseo de colaborar y de ayudar a todos ustedes, los señores obispos.

Mis primeras impresiones al llegar a España son positivas. Valoro profundamente la gran historia de este país que ha sabido expresar la fe en una cultura a lo largo de los siglos.

Esta Iglesia particular, desde su inicio apostólico hasta hoy, manifiesta la fuerza del Espíritu Santo en la multitud de nombrados mártires desde los primeros siglos hasta ahora, de santos doctores, místicos, misioneros… en fin, un caudal impresionante de amor inmenso a Cristo y de un destacado y marcado cariño a su Madre, que contribuye al bien de toda la Iglesia haciéndola fecunda.

Las raíces cristianas están ahí, tenemos que ser optimistas y positivos, sobre todo no olvidar que es Dios quien con su providencia amorosa dirige los hilos de la historia. En Cristo no puede faltarnos la esperanza.

En verdad que siempre habrá algunos problemas, en particular se nos presenta el desafío de la secularización al que este episcopado ha prestado en varios momentos una solicita y acertada atención, particularmente en el documento: “Teología y secularización en España: a los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II” del pasado 2006.

Se hace urgente pues trabajar por una formación religiosa seria, la insistencia en la profundización en la fe y educar para trasladarla a la vida de cada día, teniendo en máxima cuenta la importancia de la coherencia.

Y por último: esta Asamblea reflexionará entorno al ministerio de los presbíteros. La oportunidad viene de la mano por haber sido declarado este tiempo Año Sacerdotal. Con ello el Santo Padre pretende hacer consciente al sacerdote, como él dice en su carta para la convocatoria de este Año, publicada el mes de junio pasado, de que “el renovar cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, conlleva en si el identificarse con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida”.

Como orienta el Magisterio de la Iglesia, el método pastoral, no tiene nada que ver con un funcionalismo. Lo “pastoral” es la expresión de un ser, de una identidad peculiar sacramental.

El Siervo de Dios Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica “Pastores dabo vobis” afirma que la identidad del presbítero “se halla en un vínculo ontológico específico que une al sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor”.

Ahí hay que poner los ojos. La acción pastoral es un oficio de amor, expresión de una intensa vida espiritual, vivida en intimidad con Cristo, en la que el sacerdote es siempre sacerdote y en la que, propiamente, puede decirse así, no hay horarios.

Contamos con que los sacerdotes son los que de forma directa están en primera línea, en contacto inmediato con los fieles. Necesitan por ello de la cercanía del Obispo, sentir el impulso de su ánimo en una misión tanto más delicada cuanto que el mundo no puede apreciar, muchas veces, su sacrificada entrega. El Obispo por eso debe dedicarse, “con amor especial”, sobre todo a sus sacerdotes, procurar su imprescindible formación permanente, y atender en particular a los que pasan por problemas que no dejan de repercutir seriamente en su ministerio.

A su vez todos los sacerdotes deben apreciar en su obispo al padre, al hermano, al amigo como quiso el último Concilio. Todo esto no podrá sino revertir en el bien de la Iglesia en conjunto y también, sin duda, en la percepción de la llamada por parte de muchos jóvenes corazones que desearán ejercer el sagrado ministerio como expresión de total amor a Cristo.

Señores Obispos, al comenzar los trabajos de esta Asamblea, les aseguro un recuerdo en mi oración, para que el Señor, por intercesión de la Santísima Virgen Maria y de San Juan Ávila, ejemplo eximio de vida sacerdotal, les conceda luz en sus reflexiones y acierto en las decisiones que hayan de tomar.

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